Exposiciones
Colectivas
Exposición - Subasta Benéfica
José Miguel participó junto a otros pintores aficionados, entre ellos Zabalo, presentando dos obras tituladas “Sesenta minutos de pintura” y “Boceto”.
El texto del catálogo dejaba claro el espíritu que animaba la iniciativa: pintar el paisaje como ejercicio de amor al entorno y como gesto solidario. Aquellos artistas, reunidos desde la primavera de 1953 en salidas colectivas al aire libre, habían decidido donar parte de su trabajo para convertir la pintura en un acto de solidaridad. El público era invitado no tanto a juzgar los cuadros como a completar la obra iniciada por los pintores mediante su generosidad. En ese contexto, la participación de José Miguel encajaba de forma natural con su carácter comprometido y discreto.
VI Exposición de Artistas Guipuzcoanos
José Miguel compartió espacio con artistas como Zabalo, Zumalabe y Álvarez, presentando tres obras -Paisaje, Puerto y Paisaje- en la sala que daba a la Alameda. El catálogo subrayaba el doble sentido de la muestra: por un lado, la aparición de nuevos valores y la evolución estética de los artistas más jóvenes; por otro, el recuerdo respetuoso y dolorido de quienes habían dejado una huella imborrable en el arte guipuzcoano.
Especialmente emotivo fue el texto dedicado a Jesús Olasagasti, firmado por Carlos Ribera, en el que se destacaba su sensibilidad, su manera revolucionaria de tratar el color y su profundo humanismo. Para José Miguel, aquel homenaje no era solo una cita artística, sino también un reconocimiento a un maestro admirado, cuya influencia se percibe en su manera de mirar y de pintar.
Homenaje al pintor Ascensio Martiarena
En octubre de 1960, José Miguel participó en la Exposición-Homenaje al pintor donostiarra Ascensio Martiarena, celebrada del 15 al 30 en las Salas Municipales de Arte. En esta ocasión presentó dos obras, “Udazkena” y “Otsailla”, formando parte de una muestra que reunió a los artistas más destacados del momento.
El texto del catálogo, firmado por Antonio Valverde, evocaba la figura de Martiarena como pintor y, sobre todo, como maestro. Se recordaba su larga labor como profesor de dibujo y pintura, su estudio en “Txabol gorri”, su rechazo a la enseñanza comercializada y su influencia decisiva en generaciones de artistas guipuzcoanos.
Martiarena había sido un formador exigente, pero profundamente humano, y su ideario estético marcó a muchos, entre ellos a José Miguel Zubillaga, que siempre reconoció esa herencia.
Exposición Antológica Asociación Artística de Gipuzkoa
El recorrido expositivo de José Miguel culminó, años más tarde, con su participación en la Exposición antológica organizada por la Asociación Artística de Guipúzcoa, celebrada entre diciembre de 1977 y enero de 1978 en el Museo de San Telmo y en la Sala de Cultura de la Caja de Ahorros Municipal. En esta muestra, que pretendía ofrecer una imagen fiel del trabajo colectivo de la asociación, José Miguel presentó la obra “Ernio Aldean”.
La exposición reunió a más de sesenta artistas y reflejaba no solo el pasado, sino el presente vivo de la Asociación Artística de Guipúzcoa, nacida como un grupo de amigos unidos por el entusiasmo por las artes plásticas. El catálogo insistía en esa idea de continuidad, evolución y compromiso con la ciudad, reconociendo las
limitaciones inevitables, pero también la voluntad de seguir avanzando.
Individuales
1968
La primera de estas exposiciones tuvo lugar en marzo de 1968, en las Salas Municipales de Arte del Excmo. Ayuntamiento de San Sebastián, entre los días 12 y 20. Aquella muestra supuso la presentación pública de una obra ya madura, en la que Zubillaga ofrecía nada menos que sesenta y dos pinturas. Aunque los motivos y los lugares eran diversos —Gipuzkoa, Navarra, La Rioja, Alicante o Andalucía—, todas las obras compartían un mismo pulso estilístico y una clara coherencia interna.
En ese momento puede decirse que Zubillaga había alcanzado una definición firme de su propuesta artística. Su pintura mostraba variedad dentro de un estilo reconocible y en evolución, capaz de adaptarse a distintos escenarios sin perder identidad. El paisaje era siempre el punto de partida, pero no como simple reproducción, sino como base para construir armonías de color, atmósferas densas y composiciones sólidas, a veces lineales, a veces masivas. El trazo era fogoso, directo, cargado de intención, y revelaba el deseo de capturar el instante vivido ante el motivo.
Esta actitud pictórica, apasionada y sincera, hacía difícil encasillar su obra en las corrientes dominantes de la época. Zubillaga parecía seguir un camino propio, independiente, guiado más por su relación con la naturaleza que por los debates estéticos del momento.
1973
Cinco años más tarde, en diciembre de 1973, José Miguel Zubillaga volvió a exponer individualmente, esta vez en
la Sala de Información y Turismo de la calle Andía, donde presentó treinta pinturas. De nuevo, Carlos Ribera firmó
una crítica entusiasta, señalando la evolución del artista desde la condición de aficionado apasionado hacia una posición plenamente profesional, asumida con responsabilidad, vocación y conciencia social.
Ribera destacaba cómo esa evolución íntima se reflejaba en la obra: de los tanteos iniciales se había pasado a una mayor seguridad, a una delimitación consciente del enfoque y a un dominio más amplio de la construcción pictórica. Zubillaga seguía siendo, ante todo, un intérprete del natural, un pintor que huía de las elaboraciones imaginativas gratuitas o de lo ornamental, y que se atenía al ritmo, al color y a la verdad del paisaje que tenía delante.
Uno de los aspectos más valorados por el crítico era la sinceridad con la que Zubillaga abordaba paisajes tan distintos como los campos guipuzcoanos, los horizontes de Navarra o La Rioja y la luminosidad levantina de Alicante. Aunque su personalidad artística permanecía intacta, sabía adaptar su lenguaje pictórico a cada entorno, respetando sus diferencias de luz, atmósfera y color. Esa fidelidad a la realidad, unida a una creciente exaltación cromática, definía la etapa más madura de su obra.
1978
Finalmente, en abril de 1978, José Miguel Zubillaga presentó una nueva exposición en el Museo de San Telmo, entre el 1 y el 14 de ese mes. La muestra reunía cincuenta y siete óleos, cinco pasteles y cuatro acuarelas. Con motivo de esta exposición, el propio Zubillaga escribió unas líneas de carácter íntimo que revelan con claridad su manera de entender el arte y su propia trayectoria.
En ese texto, confesaba que exponía por tercera vez y que no quería demorarse, por temor a dejar inédita la obra que aún tenía entre manos. A los sesenta años había decidido presentar periódicamente su trabajo, siempre desde la condición de aficionado y sin intención de vender, pues consideraba que sus hijos y nietos tenían mejor derecho sobre sus cuadros. Reconocía no haber tenido maestros formales, más allá de la compañía de otros autodidactas y de su vieja pasión por la pintura, una afición que solo pudo practicar plenamente en su madurez.
Su obra, decía, se ofrecía sin pretensiones, pero entrañablemente sentida, alejada de modas y artificios, sincera y desinteresada. Aceptaba incluso, con ironía, la posibilidad de ser considerada “demodé”, afirmando que solo creía en una pintura: la buena. Y concluía agradeciendo la benevolencia del espectador.